Santoro huyendo hacia el mundo.
Hay un conjunto de sensaciones, tan específicas e inconfundibles en su naturaleza y a la vez tan infranqueables, que acuden despiadadas a la torturada mente del pobre Gabriel Santoro, como golpes furiosos de agua, como espadas de aire que atraviesan la noche y que lo llenan de terror, pues lo hacen recordar la terrorífica y a la vez sublime noche en la que perdió el control de sus ojos.
Solo era cuestión de evocar la memoria de esos momentos en los que la vista se rebeló contra el ya gastado cerebro de Santoro y reclamó la potestad de la luz y de las sombras. De pronto se puso a jugar con los colores y las formas que a su alrededor, revoloteaban incesantes. Primero fue como un remolino infinito de figuras después, como un río de corriente poderosa pero serena y constante, de líneas que se movían sin control y que dominaban las ventanas oculares que ahora sólo servían como un conducto por medio de la cual, esas líneas entraban y salían, como si transmutaran y se convirtieran en materia inconsistente, como de la que están hechas los sueños, las horas perdidas y los fugaces momentos de paz que compensan siempre el infatigable correr del pensamiento.
Quiso que el sueño le llegara como piano caído de un tercer piso y que lo golpeara despiadadamente y así poder librarse de la activa y febril tiranía de su vista, intransigente y firme contra las ataduras que el cerebro precavidamente fabrica para evitar lo que él creía que era la “fatal” huida. El error de Santoro fue creer que la huida era hacia otro mundo, fantástico y lejano al que los humanos solo podían entrar perdiendo la razón; nunca se le ocurrió pensar que la huida era más bien hacia el mundo incomesurable y poderoso que nunca antes se le había ofrecido y que ahora sus ojos eran capaces de entrever. El mundo ese que está hecho tanto de la materia firme y grosera de la madera, como del polvo fino e inasible de las tristezas eternas, los silencios abismales y las pasiones endebles.
Y a pesar de sus intentos por permanecer indiferente a esa huida de sí hacia el mundo, Santoro finalmente se dejó llevar hacia la fatal e increíble travesía en la que su ser se perdía en los contornos de este mundo y se convertía en su propia vista, en la esencia misma de lo que es y de lo que se mira.
Después de todo, sintió que las palabras estaban de más y que lo único cierto era que ya no tenía vista, sino que él mismo la era, con sus infinitas líneas de colores corriendo sin parar en el fondo de su cabeza, que ya no era soberana de sus ojos, sino la bodega inmensa en la que él guardaba sus figuras, sus pedazos de vida y los recortes visuales del tiempo.
Adriana Magaly Garza
MEXICO
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